Él había asistido a muchas fiesta ahí antes, aún así, el Gran Salón de Eventos nunca había lucido tan elegante como para esta ocasión. Había dispuesto estrategicamente por todo el lugar pequeñas mesas de manteles blancos de manera que quedaba espacio suficiente para circular y bailar. En las esquinas habían grandes arreglos flores donde sobresalían los tonos rojizos que combinaban perfectamente con el plateado utilizado en las decoraciones de paredes, techos y hasta del suelo. Estaban presentes en este exclusivo eventos sólo lo más destacados de la ciudad, todos con su mejor atuendo, ellos con elegantes trajes y corbatas finas y ellas luciendo las joyas más brillantes y vestidos de diseñador.
La comida ya había terminado. Ahora se formaban pequeños grupos de conversacion donde se hablaba de lo típico: negocios, un poco de actualidad nacional y, por supuesto, las últimas vacaciones en el extranjero. Las mujeres discutían sobre moda y se criticaban la una a la otra, mientras los meseros seguían recorriendo el lugar llevando en lo alto bandejas repletas de copas Don Perignon. Eran muy pocas las parejas que estaban en la pista bailando (si que podía llamarse “baile” a seguir un poco con el pie el ritmo que tocaba la orquesta sobre el escenario).
Él se encontraba solo sentado en una de las mesitas cerca del bar. Nada más cumplía con el protocolo de asistir a estas fiestas, más que mal, significaba que era una “persona valorada socialmente y lo suficientemente exitoso para ser considerado dentro de la lista de invitados”. Aún así terminaba realmente apestado. Siempre la misma gente snobs intentando parecer fina, seudoaristocratas y mujeres superficiales. Nunca ningún invitado digno de una conversación interesante, nunca algún escándalo que marcara la noche, nunca nada. Decidio tomarse un último vaso de whisky y partir, ya había sido suficiente. Bebía los últimos sorbos cuando la música cambio radicalmente. La orquesta dejo de tocar la típíca melodía que sonaba como a sala de espera y empezaron a tocar los primeros acordes de un conocidisimo tango. Inmediatamente la gente quedó en silencio y los escasos bailarines se detuvieron completamente. Él se paró de su mesa para ir a guardarropia por su abrigo, cuando algo lo detuvo. Más bien alguien: una morena preciosa de vestido negro y encaje, el único detalle de color era una flor blanca entrelazadada con sus rizos.
Ella lo tomó de la mano y lo arrastró a la pista, él sólo la siguio casi hipnotizado. No reacciono hasta que sintió la mano de ella aferrandose a su hombro y su suave voz diciendole al oído: “¿Bailamos?”, sin esperar una respuesta. Él casi que no podía hablar, intentó decirle con la mirada que no sabía, que no podía bailar eso, que quería irse. Ella hizo caso omiso de sus mudas súplicas y empezó una suave caminata sincopada, marcando el paso y, a la vez, dirigiendolo al él con sus movimientos, terminando entralazando una de sus piernas en su rodilla, un pefecto paso de gancho. Él, completamente confundido y hechizado por la belleza y presencia de la mejor sólo se dejaba llevar, seguirle el juego. A pesar de no haber bailado jamás un tango, él descubrio que no quedaba tan atrás, además que la química entre ellos era obvia, lo que acentuaba aún más la sensualidad y afiliación de tan sincronizados movimientos. Ella se alejaba, giraba y volvían a estar a pocos centimetros de distancia, siempre mirandose a los ojos, casi sin pestañear. Una cadena, giro a la izquierda, media vuelta y frenada de pie. De nuevo pasitos cortos, vuelta izquierda, vuelta derecha, un espectacular arrastre y terminar ambos abrazados, él rozando su cuello con la punta de su nariz, ella con los ojos cerrados, los espectadores explotando en aplausos, perdiendo total compostura.
La orquesta volvio a la música de siempre y todos los invitados volvieron a dispersarse. Entre toda la muchedumbre y esos pocos segundos de locura ella se esfumo completamente entre la gente. Él recorría el lugar con la mirada, no la encontro ni en el bar, ni en ninguna mesa, tampoco camino hacia los baños ni en ninguna de las dos entradas. Salió resignado, encendió un cigarro y caminó hacia su cada, decidido a que aquella sería la última de esas fiestas a la que asistiría.

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