03 octubre 2012
19 septiembre 2012
Casualidad de sentir
De "Abzurdah" - Cielo Latini. Capitulo: Donde lo oscuro y el placer se mezclan
"Tanto rogué, tanto lloré, tanto, que finalmente accedió. Nos encontramos en mi ciudad. Volver a verlo después de dos meses me provoco un colapso en el sistema nervioso. Me senté, solemne, en su auto y me preguntó qué quería hacer. Le dije que teníamos que hablar, entonces manejó hasta una confitería. Una vez sentados en la cafetería encendi un cigarrillo. Estaba nerviosa, Alejandro no me tocaba, no existía el contacto físico. Los dos estábamos conmovidos por el encuentro. Entonces le pregunté si quería un poco de mi cigarrillo; sorpresivamente me dijo que si (¡Alejandro no fuma!) pero un segundo más tarde entendí todo. La forma como tomó el cigarrillo, rozando suavemente mis dedos, era casi tan erótica como la manera en que me estaba mirando mientras lo hacía.
Aunque habíamos prometido no hacerlo, terminamos yendo a un cuarto de hotel. No era algo que pudiésemos decidir, vernos y no tener sexo estaba lejos de nuestra imaginación más remota. A partir de aquel día de abril, éramos adictos uno al sexo del otro, era exageradamente placentero tocarnos y poseernos, por eso no era una opción dejar pasar la oportunidad. No era la opción.
Entré primero, me quedé parada mirando alrededor. Una cama con sábanas de seda azules, una caja plástica que con seguridad era el control de las luces y los volumenes de radios, televisores y demás; mesas de luz atiborradas de preservativos baratos, una alfombra maloliente y la sensación de que esa habitación acumulaba más polvo del que podía apreciar a simple vista. No me gustaban los hoteles, me gustaba él y estaba dispuesta a cualquier cosa, a cualquier lugar, a cualquiera.
Él entró luego (se quedó estacionando el auto y cerrando la cortina en caso de que le diera verguenza que alguien identifique la patente de su auto, quien sabe) y me miro casi sin detenerse. Dio una vuelta a la habitación con la mirada y se sentó en la cama con los brazos hacia atrás formando un triángulo con su espalda y la cama. Me miró. Empecé a desvestirme sola. Nunca me había desvestido sola, siempre esperaba a que él lo hiciera. Ahora me desvestía sola mientras hablaba de una amiga y los exámenes del colegio. Como si en vez de estar desvistiéndome para tener sexo con un hombre lo estuviera haciendo en un probador de una casa de ropa con una amiga de toda la vida (en el caso de que tuviera amigas de toda la vida).
Él seguía mirándome. Mientras, yo me despojaba de las botas negras y las medias de lycra. Me senté en la cama, pocos centrimentros lejos de él y seguí hablando: "no sé porque nos fue mal en ese examen - mientras me sacaba el corpiño- habíamos estudiado. Lo cierto es que esa profesora nos odia". Alejandro entendió que mi charla acerca del colegio era producto de una negación sobrehumana que mi inconsciente estaba conjurando sobre mí. Me miró sonriendo y se tiró encima de mí casi sin que me diese cuenta. No me interesaba darme cuenta, necesitaba que estuviera adentro mío lo más rápido posible, quería olvidarme del colegio y de todo lo que había pasado con él; quería olvidarme de que estaba en un hotel y que en una hora nos tendríamos que ir y que no iba a verlo en muchísimo tiempo. No quería pensar que lo único que nos unía era el sexo, pero...necesitaba ese sexo, aunque no fuese lo único que necesitaba.
Estábamos ya los dos desnudos y Alejandro estaba encima de mi cuando simultáneamente sentí placer y una opresión en el pecho, una angustia mortal, esclavizante que aunque traté de disuadir me violó hasta lo más profundo. Se dio cuenta. Paró, me miró. Me preguntó porque lloraba. Yo tenía los ojos rojos (lo sé porque me arden mucho cuando los tengo así) y las lágrimas parecían salir de la fuente de Salmacis, nunca paraban, no iban a parar, no pretendia hacerlo.
Me sentía horrible: quería sentir su piel, su cuerpo, pero no quería tener sexo. Necesitaba estar al lado suyo, abrazarlo, quizás hasta verlo dormir, pero tener sexo no era compatible con la angustia existencial que vivía dentro de mí en ese momento. Sí, claro que no iba a poder tenerlo desnudo al lado mio si no hacía lo que fuera por seducirlo y hacer que me lleve a un hotel, pero no era lo que yo quería. Simplemente necesitaba verlo tranquilo, con su tergivesada mente dormida.
Le dije que lloraba porque tenía miendo de perderlo, de que esa fuera la última vez que hiciéramos el amor, que lo vería indefenso y entregado. "Gorda, nunca me vas a perder. Nunca."
Y ese año, no lo volví a ver.
"Tanto rogué, tanto lloré, tanto, que finalmente accedió. Nos encontramos en mi ciudad. Volver a verlo después de dos meses me provoco un colapso en el sistema nervioso. Me senté, solemne, en su auto y me preguntó qué quería hacer. Le dije que teníamos que hablar, entonces manejó hasta una confitería. Una vez sentados en la cafetería encendi un cigarrillo. Estaba nerviosa, Alejandro no me tocaba, no existía el contacto físico. Los dos estábamos conmovidos por el encuentro. Entonces le pregunté si quería un poco de mi cigarrillo; sorpresivamente me dijo que si (¡Alejandro no fuma!) pero un segundo más tarde entendí todo. La forma como tomó el cigarrillo, rozando suavemente mis dedos, era casi tan erótica como la manera en que me estaba mirando mientras lo hacía.
Aunque habíamos prometido no hacerlo, terminamos yendo a un cuarto de hotel. No era algo que pudiésemos decidir, vernos y no tener sexo estaba lejos de nuestra imaginación más remota. A partir de aquel día de abril, éramos adictos uno al sexo del otro, era exageradamente placentero tocarnos y poseernos, por eso no era una opción dejar pasar la oportunidad. No era la opción.
Entré primero, me quedé parada mirando alrededor. Una cama con sábanas de seda azules, una caja plástica que con seguridad era el control de las luces y los volumenes de radios, televisores y demás; mesas de luz atiborradas de preservativos baratos, una alfombra maloliente y la sensación de que esa habitación acumulaba más polvo del que podía apreciar a simple vista. No me gustaban los hoteles, me gustaba él y estaba dispuesta a cualquier cosa, a cualquier lugar, a cualquiera.
Él entró luego (se quedó estacionando el auto y cerrando la cortina en caso de que le diera verguenza que alguien identifique la patente de su auto, quien sabe) y me miro casi sin detenerse. Dio una vuelta a la habitación con la mirada y se sentó en la cama con los brazos hacia atrás formando un triángulo con su espalda y la cama. Me miró. Empecé a desvestirme sola. Nunca me había desvestido sola, siempre esperaba a que él lo hiciera. Ahora me desvestía sola mientras hablaba de una amiga y los exámenes del colegio. Como si en vez de estar desvistiéndome para tener sexo con un hombre lo estuviera haciendo en un probador de una casa de ropa con una amiga de toda la vida (en el caso de que tuviera amigas de toda la vida).
Él seguía mirándome. Mientras, yo me despojaba de las botas negras y las medias de lycra. Me senté en la cama, pocos centrimentros lejos de él y seguí hablando: "no sé porque nos fue mal en ese examen - mientras me sacaba el corpiño- habíamos estudiado. Lo cierto es que esa profesora nos odia". Alejandro entendió que mi charla acerca del colegio era producto de una negación sobrehumana que mi inconsciente estaba conjurando sobre mí. Me miró sonriendo y se tiró encima de mí casi sin que me diese cuenta. No me interesaba darme cuenta, necesitaba que estuviera adentro mío lo más rápido posible, quería olvidarme del colegio y de todo lo que había pasado con él; quería olvidarme de que estaba en un hotel y que en una hora nos tendríamos que ir y que no iba a verlo en muchísimo tiempo. No quería pensar que lo único que nos unía era el sexo, pero...necesitaba ese sexo, aunque no fuese lo único que necesitaba.
Estábamos ya los dos desnudos y Alejandro estaba encima de mi cuando simultáneamente sentí placer y una opresión en el pecho, una angustia mortal, esclavizante que aunque traté de disuadir me violó hasta lo más profundo. Se dio cuenta. Paró, me miró. Me preguntó porque lloraba. Yo tenía los ojos rojos (lo sé porque me arden mucho cuando los tengo así) y las lágrimas parecían salir de la fuente de Salmacis, nunca paraban, no iban a parar, no pretendia hacerlo.
Me sentía horrible: quería sentir su piel, su cuerpo, pero no quería tener sexo. Necesitaba estar al lado suyo, abrazarlo, quizás hasta verlo dormir, pero tener sexo no era compatible con la angustia existencial que vivía dentro de mí en ese momento. Sí, claro que no iba a poder tenerlo desnudo al lado mio si no hacía lo que fuera por seducirlo y hacer que me lleve a un hotel, pero no era lo que yo quería. Simplemente necesitaba verlo tranquilo, con su tergivesada mente dormida.
Le dije que lloraba porque tenía miendo de perderlo, de que esa fuera la última vez que hiciéramos el amor, que lo vería indefenso y entregado. "Gorda, nunca me vas a perder. Nunca."
Y ese año, no lo volví a ver.
29 agosto 2012
Llamada
-¿Aló?
-Son las 4.30 de la mañana.
-Lo sé, quizás no debí haberte llamado.
-Quizás, pero ya lo hiciste. ¿Qué pasa?
-¿Aún piensas en mi?
-Todos los días.
-¿Hoy día?
-De hecho soñaba contigo, te besaba tu mejilla y me sonrerías. Y en un segundo te desvaneciste.
-¿Eres feliz?
- Lo era, pero no lo sabía. Pensaba que no, hasta que nos dejamos partir.
- Dicen que uno nunca sabe lo que tiene...
-...hasta que lo pierde.
-Ya ha pasado un buen tiempo. He intentado olvidarte.
-Eres la mujer de mi vida.
-He intentado olvidarte.
-Yo no he logrado juntar la valentía para hacerlo. Siento que olvidandote te daré la libertad que te mereces, el espacio que te mereces y la posibilidad de encontrar a alguien que sepa valorar lo que yo no pude.
-No quiero a nadie más.
-Yo tampoco. A nadie más. Pero hoy, tampoco puedo quererte a ti.
- ¿Y mañana?
-Mañana tal vez. ¿Como saberlo? Hoy sé que te extraño.
- Te necesito.
- Tengo ganas de ti y a la vez quiero que tú no tengas de mi. Que sigas hacia adelante, pero la sola imagen de verte en los brazos de otros, de saber que otro llegará ahí donde sólo yo he estado. Que te hará tocar el cielo como sólo yo lo he hecho...
-He intentado tanto odiarte para poder olvidarte.
-Y estás en todo tu derecho.
-Creo que sólo llamaba para decirte que he intentado olvidarte, que he intentado odiarte pero cada vez que lo hago, sólo consigo amarte cada día mas. Adiós.
Yo no hago más que amarte. No me olvides, yo no te dejaré partir.
-Son las 4.30 de la mañana.
-Lo sé, quizás no debí haberte llamado.
-Quizás, pero ya lo hiciste. ¿Qué pasa?
-¿Aún piensas en mi?
-Todos los días.
-¿Hoy día?
-De hecho soñaba contigo, te besaba tu mejilla y me sonrerías. Y en un segundo te desvaneciste.
-¿Eres feliz?
- Lo era, pero no lo sabía. Pensaba que no, hasta que nos dejamos partir.
- Dicen que uno nunca sabe lo que tiene...
-...hasta que lo pierde.
-Ya ha pasado un buen tiempo. He intentado olvidarte.
-Eres la mujer de mi vida.
-He intentado olvidarte.
-Yo no he logrado juntar la valentía para hacerlo. Siento que olvidandote te daré la libertad que te mereces, el espacio que te mereces y la posibilidad de encontrar a alguien que sepa valorar lo que yo no pude.
-No quiero a nadie más.
-Yo tampoco. A nadie más. Pero hoy, tampoco puedo quererte a ti.
- ¿Y mañana?
-Mañana tal vez. ¿Como saberlo? Hoy sé que te extraño.
- Te necesito.
- Tengo ganas de ti y a la vez quiero que tú no tengas de mi. Que sigas hacia adelante, pero la sola imagen de verte en los brazos de otros, de saber que otro llegará ahí donde sólo yo he estado. Que te hará tocar el cielo como sólo yo lo he hecho...
-He intentado tanto odiarte para poder olvidarte.
-Y estás en todo tu derecho.
-Creo que sólo llamaba para decirte que he intentado olvidarte, que he intentado odiarte pero cada vez que lo hago, sólo consigo amarte cada día mas. Adiós.
Yo no hago más que amarte. No me olvides, yo no te dejaré partir.
18 agosto 2012
1603
1603 meses.
Te esperé sin siquiera saber que esperaba por ti. Un día tras otro buscando a quien no debía, en donde jamás estarías. Soñando contigo. Contigo en el parque, contigo bailando en calles desiertas. Contigo y tu vestido, contigo pero sin ver tu rostro, sin saber tu nombre. Tantas veces quise creer que alguna eras tú. Sin embargo el engaño era en vano, bastaba mantenerles la mirada y darme cuenta que no me provocaban nada. No te miento, a varias besé, con pocas follé, con sólo una desperté, pero a ninguna amé.
Eran las 16:03.
Sinceramente no recuerdo el día, sí el lugar. Corría una ligera brisa y yo figuraba sentado en la terraza de un café. Se suponía que me juntaría con ella pero, para variar, venía tarde. Me hartaba que no fuese puntual, pero me hartaba aún más la soledad. Pensaba en llamarla y cancelar, inventar una excusa, darle lástima y aún así tener una cama donde llegar, pensaba tantas cosas hasta que te vi pasar.
Sinceramente no recuerdo el día, sí el lugar. Corría una ligera brisa y yo figuraba sentado en la terraza de un café. Se suponía que me juntaría con ella pero, para variar, venía tarde. Me hartaba que no fuese puntual, pero me hartaba aún más la soledad. Pensaba en llamarla y cancelar, inventar una excusa, darle lástima y aún así tener una cama donde llegar, pensaba tantas cosas hasta que te vi pasar.
1603 segundos.
Fueron suficientes para enamorarme de ti.
$1603.
Pagué y rápidamente salí tras de ti. Te encontré esperando a poder cruzar la avenida, ahí con tu pelo suelto, luciendo un vestido de flores, como los que tantas veces abracé en mis sueños. Eras pequeña, menuda, cualquiera ni siquiera te habría visto entre toda la gente. Para mi eras la única, la que yo estaba esperando. Me acerqué, temeroso sin saber muy bien que hacer. El semáforo cambió a amarillo, no me quedaba tiempo. El hombrecito verde del semáforo empezó a caminar y así el montón a tu alrededor. Y tú, tú seguías de pie. Te diste media vuelta y me miraste, tus ojitos pardos brillaban, yo sonreía. Avancé el medio paso que nos separaba y quedé frente a ti. Tu te empinaste hasta alcanzar mi oído y decir “creo que yo también esperaba por ti”.
1603 días.
Estuvimos juntos. Que maravilloso era tenerte a mi lado, encontrarme con tu rostro en cada amanecer. Saber que por oscuro que fuesen mis días, tenía tu sonrisa que lo iluminaba todo, a pesar de todo y por sobre todo. Contigo cociné los platos más ricos, los postres más dulces. Contigo recorrí el mundo sin salir de nuestro balcón, bastaba nuestra imaginación para llegar donde quisiéramos. Contigo descubrí lo que era hacer el amor. Recuerdo esa noche como su hubiese sido ayer. Ninguno era virgen, pero ambos consideramos aquella ocasión como nuestra primera vez. “Ninguno me hizo sentir tan bien como tú” susurraste acostada sobre mi pecho. Yo te besé la frente, “ninguna con las que estuve eras tú”. Dormimos abrazados, esa vez y todas las que vinieron. Nos gustaba ver películas antiguas y cantar en las mañanas. Yo dejaba las tazas sobre el velador y tú te enojabas, arrugabas la nariz (¡Y qué hermosa te veías así!) pero no decías nada y te la llevabas. Los fines de semana salíamos cuando todos los demás se preparaban para cenar. Recorríamos callecitas pequeñas, saltando los pozos y jugando a no pisar las líneas de la vereda. Reíamos de todo, tu llorabas por casi todo y yo te acompañaba. A veces tenías dificultades para conciliar el sueño, yo te leía al oído. “Tu voz me calma, sé que estarás ahí mañana”. Y yo a veces no me podía levantar y tú acariciabas mis mejillas, mis brazos, hacías tan suave cada despertar. Vivíamos nuestro propio paraíso, nuestra propia historia, donde ninguno de los dos imaginamos alguna vez que podía terminar.
1603 conversaciones.
No lo vimos venir, pero si lo sentimos llegar. Un gran elefante rosa con pintas moradas se había apoderado de nuestro paraíso, quitándonos nuestros besos, llenando el espacio que nos separaba entre las sábanas. Tantas veces lo intentamos conversar, solucionar pero el animal se tragó nuestras palabras. Los sentimientos no habían cambiado, pero nosotros sí…y a la vez no. Tus ojos aún brillaban, nuestras manos aún se entrelazaban, mis labios aún te buscaban y sin embargo sabíamos que ya no podíamos estar más. Yo preferí salir. Fue y será el día más nublado de mi vida. Y sin embargo no me fui tan lejos. Me senté en la vereda del frente. Te vi salir con tu vestido, te veías hermosa. Te vi detenerte en el portal para abotonarte el abrigo, ponerte la boina. Te vi mirando hacia dentro de la que ya no era nuestra casa y vi en tus ojos que no te querías ir. "Retrocede, retrocede" pensaba. Quise pararme y empujarte al interior, intentarlo una vez más pero los pies me pesaban, mis ojos lloraban. Los tuyos también. Nunca te había visto tan vulnerable como esa tarde de abril, nunca me había sentido tan triste como esa tarde de abril. Te demoraste en partir, dabas un par de pasos y te detenías, jugabas con tu cabello y mirabas al cielo. Después de unos minuto nuestras miradas se encontraron y un millón de mariposas revoloteaban en mi panza (¡Qué cursi!Si lo leyeras no creerías que salio de mi). Quise sonreirte, inspirarte tranquilidad, pero como hacerlo cuando el corazón se me hacía pedazos ante ti, como hacerlo cuando los dos sabíamos que ninguno de los dos quería terminar así. Y tú diste el primer último paso, lento pero firme, avanzando hasta la esquina, sólo te detuviste para lanzarme a lo lejos un beso. Las cartas ya estaban sobre la mesa. Y es que dicen que si amas algo debes dejarlo ir, que si vuelve es tuyo para siempre, sino...nunca lo fue.
1603 noches después.
¡Y cuanto le pedi a los dioses que regreseras aquí! Pero no dependía de ellos, dependía de mi, dependia de ti, dependía de que nuestros sentimientos no cambiasen, que nuestro reloj espaciotiempo se sincronizara. Aún guardo la nota que dejaste junto a mi (nuestra) frazada. “Te amo, me amas y nos amaremos hasta el final. Pero las cosas son así, pasan, pasan cuando menos lo esperamos. Pasan y nada tiene sentido. Desgarran el alma y nos llenan de vacío pero así como vienen, se van. Quizas la vida nos de un nuevo encuentro, una nueva oportunidad o quizás sólo nos de tiempo para curar las heridas. Quizas no sanemos nunca. Quizás nos daremos cuenta que fue un error, si es así espero nos percatemos a tiempo."
Yo siempre lo supe. Creo que tú no. Creo que el tiempo se fugo entre nuestros dedos.
A veces te sueño, a veces no. A veces apareces junto a mi, como en los tiempos de antaño, cuando tomados de la mano la vida era más facil. A veces sólo te veo como una sombra a lo lejos. Hace poco intente volver a salir, pero no era tú, no tenía esa dulzura saliendole de los poros ni esa sonrisa infantil que me cautivaba cada mañana. Aunque me he propuesto no hacerlo, me descubro pensando en ti. Evoco nuestros 1603 recuerdos y tu aroma emana de cada rincón de la habitación. Aún duermo en mi lado de la cama e inconsciente giro a abrazarte para solo encontrarme con la almohada. A veces he querido llamarte, a veces he escuchado tu llave en el cerrojo, a veces he querido volver a buscarte, a veces he querido odiarte y borrarte, pero la fuerza es mayor, no puedo evitar amarte.
El otro día te vi a lo lejos, ibas con él. Me contaron que se conocieron a los muy pocos días, después de mi, que eras feliz.
No te niego, se me partió el alma.
¿Como superaraste todo tan pronto?
Y sin embargo, no eras feliz. Nostalgica, estaban muy cerca de nuestro lugar especial, ¿te acuerdas? Donde me di cuenta que lo eras todo para mi. Y él te hablaba, muy motivado y tú solo podías mirar hacia allá. Sé que nos recordabas a los dos ahí. A veces me siento ahí pensando que podría encontrarte y a veces he llegado y siento tu presencia, el viento me dice que lloraste ahí. y a veces temo no sentirte más ahí.
¿Existo aún yo para ti?
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