Lo más probable, y creo que no exagero al decirlo, es que aquel violinista fuese el primer hombre en levantarse cada mañana y decir “mañana” tampoco es adecuado, puesto que era más de noche que de día cuando él dejaba su cama y corría las gruesas cortinas de su ventana, sonriéndole como cada vez a la luna, que desde ahí siempre era llena.
El violinista vestía pantalones rayados, camisa verde y sombrero de copa. Luego de alimentarse de leche y caramelos afinaba las cuerdas de su posesión más valiosa, su gran tesoro: su pequeño violín. Tocaba una suave melodía frente al espejo, ataba su corbata y salía de su casa, caminando por las vacías calles donde solitarios gatos eran sus primeros espectadores. Él había recibido uno de los mayores dones que cualquiera podría pedir, que muchos creen tener, pero que realmente sólo unos pocos lo poseen...y lo digo, puedo contarlos con los dedos de una sola de mis manos. Él violinista recibió el día de su nacimiento, hace trillones de años atrás, el don de la creatividad. Así cada vez que tocaba su instrumento sonaba una melodía diferente a la anterior, única, irrepetible e inolvidable. Cuando ya el sol llevaba un buen tiempo levantado, él dejaba a los felinos y recorría la ciudad buscando una nueva audiencia a quien tocarle una canción. No era que el los elegía, sino que sólo se inspiraba y dejaba que el arco fluyera suavemente sobre las cuerdas. Cerraba los ojos y sentía casi que su alma dejaba su cuerpo y podía elevarse y volar. Volar y ver que disfrutaban de lo que él tocaba. Ver incluso las notas musicales formando parte de las nubes. Y el viento aportaba el coro con su silbido. Podía durar solo un par de segundas, pero era la mejor sensación entre todas las que jamás llegaría a conocer. Se inspiraba ante árboles, coloridas vitrinas, niños jugando o ante una simple roca de forma y corte normal que chocaba con uno de sus zapatos. Podía tocar ante cualquier cosa, pero el violinista asumía que las mejores melodías eran aquellas que tocaba para los enamorados. Sin embargo, en un acto puro y libre de egoísmo, el violinista tocaba para ellos…pero escondido. Si los encontraba en una plaza, se camuflaba tras un arbusto y tocaba idéntico al cantar de los pájaros del lugar. En cafés y restaurantes se escondía bajo las mesas. La melodía se perdía y mezclaba entre el ruido de vasos, servicios, risas, conversaciones y pasos, pero el sabía que entre todo aquello, los verdaderos enamorados podían captar el mensaje, sentirlo en sus corazones y reflejarlo en sus ojos. El cine era uno de sus lugares favoritos, pues por lo general se llenaba de lindas parejas… ¡Qué tremenda audiencia! El violinista gozaba escondido detrás de la gran pantalla, tocando uno verso para cada par que estuviese ahí, el que llegaba en forma de susurro al oído de cada uno, siempre enmascarado por los diálogos del filme que en realidad nadie miraba. Sólo cuando caía la noche, antes de irse a dormir, podía tocar libremente para los enamorados. Aprovechaba que estaban tranquilos en la mesa, acurrucados en el sofá o durmiendo abrazados junto a la chimenea para subirse a sus techos y desde ahí dedicarles las más bonitas canciones y melodías, que si alguien las expresara en palabras hablarían sólo de rosas rojas, atardeceres, pasiones y eternidad. Contarían historias de finales felices, de princesas dejando de besar sapos y príncipes venciendo demonios y dragones. Hablarían de sentimientos puros, de sensaciones reales y de vencer el odio y la adversidad con el fin de encontrar el amor. Sí, para el violinista sólo existía el amor. Se dejaba llevar por, pero a veces era tanto así que lograba llamar la atención de los amados. Ahí era cuando sus amigas las estrellas cumplían el plan de distracción: antes de que alguno lograra ver al violinista en el techo, pasaban una, dos y hasta 10 estrellas fugaces justo frente a la pareja quienes maravillados se olvidaba del supuesto ruido y sólo pensaba en los deseos que pedirían para los dos. Así el violinista tenía el tiempo suficiente para escabullirse entre chimeneas y callejones y llegar a salvo a su casa. Llegar a salvo a su solitaria casa. Allá donde nadie lo esperaba, donde nadie lo extrañaba, dónde no tenía para quien tocar. Porque el violinista era un ser solitario, porque él se dedicaba a tocar para nubes, para flores, asteroides y enamorados. Les celebraba su amor y a la vez vivía momentáneamente de el. Porque el violinista no estaba destinado a recibir amor propio, por mucho que lo deseara, por mucho que llorara por el, que lo imaginara. Simplemente no parecía estar en su camino, no parecía ser parte de su historia ni en el pasado, ni en el presente ni mucho menos a futuro. Más sólo le quedaba tocar para el resto, sonreír con ellos e imaginar que alguna vez algún violinista estaría tocando para él, alguna vez escondido bajo un grueso árbol. Alguna vez sería él el afortunado, el enamorado y no el violinista ocultando su rostro tras la melodía más bonita de todo el mundo.

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