Ella disfrutaba de las tardes de otoño, aquellos días grises con un ligero viento que la acompañaba en sus largos paseos solitarios. Las calles solían estar vacías, al parecer, no mucha gente compartía sus gustos. Pensaba, mientras se subía el cuello de su abrigo negro, lo agradable y relajante que eran sus caminatas, pero que sería interesante también hacerlas con alguien. No debía necesariamente ir conversando sobre algo, a veces con el silecio en sí se puede decir mucho más, hay que saber encontrarle un significado.
Después de avanzar un par de cuadras llegó a la plazita donde siempre se daba un descanso. Como de costumbre, el único local que habría el domingo, aunque practicamente nadie llegara, era el cafecito de la esquina. Su dueño, un viejito canoso y encorvado, la esperaba ya con una taza de café cargado, dos terrones de azucar y un poquito de leche. Juntos se sentaban en un banquito de la plaza, con vista a la gran pileta. Él le contaba de su época, alguna historia del baúl de los recuerdos. Ella escuchaba y a veces aportaba con algún dato interesante o una anécdota personal. Cuando se sentaban bajo la sombra del castaño, las barreras generacionales desaparaceían y el tiempo parecía detenerse para los dos. Era un lapsus que rompía con la monotonía del día y les permitía desconectarse de sus propios problemas y preocupaciones. Y cuando parecía no haber un tema, o simplemente preferían dejar algo más para la siguiente ocasión, se dedicaban a mirar el cielo, buscar formas entre las nubes, como si fueran dos niños, como si los años no hubiesen avanzando y ellos aún tuvieses esa ingenuidad que les permitía creer que todo era posible. Cuando no había de que estresarse y la vida era tan solo sobre juegos y travesuras, sobre buscar tesoros enterrados en la tierra o escapar de los monstruos que se escondían entre los arbustos.
El leve tintineo de las primeras estrellas le avisaba que ya debía volver. Juntos caminaban hasta el cafecito, donde él siempre le regalaba una de sus galletas de chocolate caseras, sus favoritas. Se despedía y ella partía cuesta arriba. Deseaba que los minutos se paralizaran, que la noche no cayera jamás, que esa especie de recreo se extendiera eternamente. Claro que las cosas no funcionaban así, no podía zafarse así como así de la rutina, ni ocultarse bajo la cama cuando las cosas no iban bien, sólo podía soportar hasta el domingo, aferrandose a la imagen del viejito y el café cargado de siempre.
04 mayo 2008
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