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27 febrero 2008

Cuento

Ella caminaba despacio, a pasitos cortos. El rostro sombrío, la mirada perdida. Parecía ir vacía, un cuerpo sin pensamientos, sin sueños, sin alma. El día era oscuro, de cielos nublados y constantes lluvias que obligaban a la gente a refugiarse bajo los techos. Pero ella no lo hacía. Prefería sentir las gotas cayendo sobre sí, que se mezclaran con las lágrimas que corrían por sus mejillas. Aquel llanto silencioso que no cesaba, que estaba presente desde su partida.
Aún podía recordar los momentos junto a él, los paseos por el parque, los amaneceres desde el balcón. Sentía sus caricias en la espalda y esos pequeños besos que le daba por las mañanas. Incluso podía oir su voz, diciendole que era la única, que era especial. Se acordaba de la pasión con la que hablaba de sus anhelos y metas. Como cuando le contaba de su gran deseo: ir juntos a recorrer el mundo. “¡Qué la vida es corta!”, solía decir, “Hay que aprovecharla al máximo”. Recordaba esas noches de lujuria, cuando se entregaban al inmeso placer que no podían esconder, cuando se rendían ante el deseo, la pasión, el amor del uno hacia el otro. Lo había visto reír, suspirar, llorar. Lo había visto gritar, pelear y ser feliz. Ella lo acompañaba a ver futbol, él al ballet. Juntos iban de compras, al teatro y a comer. Las familias compartían la cena del domingo y visitaban el lago dos veces al mes. El rumor decía que él ya había comprado un anillo y ella reservado el vestido. Esperaba con ansías que él se arrodillara, que preguntara. Quería escuchar esas dulces palabras que prometían un final feliz.
Un final que nunca llegó, un momento que nunca sucedió. Entrando aquel día a la habitación descubrio que no quedaba mas que desorden y cajones vacíos. Había una carta en el comedor, una hoja que sólo decía “Perdón”. Él simplemente desapareció, el viento se lo llevó. Ella no quería creer, se sentaba cada tarde en la escalera a esperar, a buscar entre la multitud, queriendo encontrar esos ojos que desde el primer encuentro habían llamado su atención. Y no pasaba nada. Llegó el invierno y nada. Pasó la primavera, el verano, el otoño y otro invierno más. Fueron más de mil lunas y otras tantas estrellas y aún no pasaba nada. Finalmente se rindió, no podía hacer nada más…
Ella caminaba despacio, a pasitos cortos. La decisión ya estaba tomada. Quería que la tragara el mar, que la tormenta de ese día la llevara lejos, que su cuerpo no apareciera jamás. Bajó hasta la playa y se sentó por unos minutos en la arena. Siempre había disfrutado de los mínimos granitos entre los dedos de sus pies, pero a estas alturas, hasta eso había perdido sentido. Ya nada importaba puesto que su historia pronto encontraría el tan buscado final. No era el de cuentos de hadas que tantas veces había imaginado, enfin, ya estaba todo destinado. Eso sí que todos sabemos que la vida gira y gira sin dirección y se dio la casualidad que un joven pasaba por el lugar. Asustado se acerco a la orilla y con el mar rozandole los zapatos gritó: “¡Oye, viene una tormenta! ¡Sale de ahí!” Ella se hizó la que no escuchó, estaba a un par de pasos, un poquito más y podría descansar en paz. Sin embargo, él no podía estar tranquilo ante esa depresiva visión y comprendiendo la intención de ella, se zambulló y nadó hasta poder alcanzarla. Con solo verla supo que no necesitaba un reto, una amonestación. El mensaje era claro, sus tristes ojos le decían que necesitaba un abrazo, un poco de amor. Fue una senación extraña, irreal. Él la tomó entre sus brazos y la sacó, defendiendola de las olas que amenazaban con llevarla hasta la profundidad. Se sentaron en la arena, la cabeza de ella recostada en el hombro de él. Quizás cuantas horas pasaron así, sin moverse, sin hablar. Sólo se escuchaba el viento, el mar y ella que aún no paraba de llorar. Se sentía tonta, se dejó llevar por la locura, tal vez su intuición, quizás la imagen de verlo con otra, o en una de esas el mismo amor. Intentaba olvidar, tratando que cada lágrima se llevara un poco de aquel hombre que ya no quería recordar. Que se borraran sus besos, su mirada y su voz. Que se fueran los momentos, se borraran los poemas y cada carta de él que leyó. No entedía porqué, pero la presencia de aquel misterioso joven a su lado parecía ayudar. Era una piedra en su camino a la destrucción y un guia que la sacó del oscuro laberinto que ella misma había construido. De a poco podía sentir nuevamente un poco de luz en su interior. Ahora sus pies jugaban con la arena, y disfrutaba las suaves caricias del joven en sus brazos. Sabía que de ahora en adelante todo iría bien, que aún sin saber quien era este nuevo ser, podía confiar, pues le había devuelto la vida y mucho más. Después de siglos sin hacerlo, sonrió.
Él chico que nada había dicho se sorprendió, por fin había visto esos tristes ojos volver a brillar, que los ópacos labios recuperaban ya un poco de color.Porque la vida gira y gira sin dirección y en aquella playa una nueva historia estaba por comenzar. Él la tomó de la mano y juntos caminaron hacia la ciudad, mientras el cielo se despejaba y los rayos de sol volvian a brotar.

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A veces la vida nos tira al suelo, nos hace pedazos, nos hace pensar que no somos nada de nadie, de ninguno. Entonces abre tu Cajón de Cuentos y lee una historia, cree ser parte de ella y date cuenta que todo es posible, que la vida no es sueño que sólo falta un intento..y si caes debes levantarte, que siempre habrá una palabra ahí para ayudarte.

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C'est comme une aventure qui nous laisse sur nos fins