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10 septiembre 2011

...que sea de soledad




Hace ya tanto tiempo que no tenía noticias de ella que le resultó extraño leer aquel mensaje que había llegado a su celular mientras se daba una ducha. Un escalofrío le recorrió la espalda mientras sentimientos encontrados, recuerdos, buenos y malos ratos formaban torbellinos en su cabeza. Odió que una simple palabra pudiese alterarlo tanto, que una no tan simple persona pudiese confundirlo tanto.

“¿Veámonos?” era todo lo que ella había escrito. Una pregunta, una cita, la decisión quedaba en sus manos. Abrumado salió a la terraza a fumar un cigarrillo y con sólo encenderlo volvió un par de años al pasado.

Era un lluvioso viernes por la noche. Las calles lucían abandonadas. Eran pocas las personas que habían desafiado el frío para beber una cerveza en algún antro o vagar por ahí en búsqueda de fiestas. “Almas solitarias – pensaba él – almas solitarias como yo que no tienen con quien acurrucarse bajo una frazada” Y al final es por eso que había salido en primera instancia: encontrar una mujer, invitarla unos tragos, quizás bailar, quizás no y besarse en un rincón, mejor no saber su nombre, llevarla a casa y anestesiar así el miedo y la soledad que vienen al caer la noche. Sin embargo había que aceptar que no era el mejor día. Ya con la lluvia calándolo hasta los huesos decidió que era mejor regresar, total “si de algo debo morir, prefiero que sea de soledad”.

Caminaba en búsqueda de un taxi cuando la vio. Una despampanante trigueña de ojos claros a quien se le notaba que llevaba varias horas, quizás días de trasnoche. Se refugiaba bajo el techo de un paradero, con un cigarrillo en la boca y buscando desesperada en su cartera. Ahí fue que él se le acercó y sin hablarle le tendió un encendedor. Ella levantó la mirada y en ese preciso instante él la leyó. Sintió su vulnerabilidad como si fuese la propia, vio su belleza más allá del rímel corrido y la ropa oscura. Sintió eso tan cursi que la gente llamaba “amor”.

Ella fue la primera en romper el hielo. Muchos taxis pasaron y ellos seguían ahí sentados, conversando, fumando, soñando despiertos. Ella era diferente a cualquier otra, superior a cualquier chica con la que alguna vez salió. Quizás por eso no quiso llevarla a su casa cuando pudo, no quería que se desvaneciera cuando empezara a salir el sol. Un poco tiempo después deseó con todas sus ganas que la historia hubiese sido así, sólo un ligue más en lugar de la tormentosa relación que nació esa noche.

Todo partió de forma maravillosa, utópica, casi irreal. Cada día se descubrían un poco más, se deseaban un poco más y de a poco se iban odiando un poco más, amando un poco más.

Ella detestaba como la vida a su lado se había vuelto rutinaria. Se sentía un ave enjaulada, carente de alas, de ganas de fluir.

Él detestaba su impuntualidad, que simplemente no llegara.

Discutían cada vez que podían, cada vez que se veían pero de una u otra manera terminaban amándose, dejándose atrapar en un abrazo fuerte bajo las sábanas.
Muchas veces ella se fue, ofuscada, llorando y maldiciendo sólo para volver en un par de horas y acurrucarse junto a él. Total “si de algo tengo que morir, no lo haré sola”

Él la amaba, se agotaba y la odiaba y la volvía a querer cuando al despertar la veía despeinada preparándose un café.

Ella lo amaba, se agotaba y lo odiaba y lo volvía a querer cuando lo escuchaba cantando en la terraza.

Llegó un punto en que la relación era insostenible, ya ni siquiera hacer el amor podía apaciguar las discusiones. Los dos finalmente comprendieron que estaban sólo por estar, pero sus almas hace rato que se habían distanciado. Ella figuraba lejos, en un puerto, tomando un barco a cualquier parte. Él ahí mismo, fumándose un cigarro y volviendo a la cama para no despertarse por muchas horas más.

Finalmente fue ella quien eligió partir. Salió tal cual estaba, en short y la camisa que él había usado el día anterior. No se llevó nada, no dijo nada.

Él jamás la volvió a mencionar, pero tampoco la pudo olvidar. Había sido lo mejor y lo peor de su vida. Le dedicó canciones, le escribió muchas cartas que no fue capaz de enviar. Sus cosas aún seguían en su casa, en una caja de embalaje bajo la cama. Algunas noches, después de muchas cervezas y poca razón solía sacar un vestido de ella y sólo dejarlo junto a él. Así en la mañana, aún con el sueño encima, podía imaginar, incluso esperar, a que ella estuviese en la cocina. Nunca fue, nunca volvió…

Hasta aquel día, él aspiro lo último de su cigarro y decidió que iría. Le envió un mensaje citándola: “okey, esta noche, donde siempre, a la hora de siempre”.
Pasó todo el resto del día vagando por su casa, nervioso. Ya iba en la tercera cajetilla cuando sacó aquella caja de debajo de la cama y sólo se quedo mirándola, hasta que se atrasó lo suficiente para salir.

Llegó al paradero donde se habían conocido. Se sorprendió de verla desde lo lejos, a la hora, bien vestida, con el ya típico cigarro. Bastó verla desde allí para que cada imagen mental de ella se esfumara, cada beso, cada llanto y cada recuerdo. Ni siquiera quedó como una más del montón, sólo…la olvidó, y es que necesitaba poder decir adiós.

Dio media vuelta y regreso a su casa, tiró la caja de cosas a la basura y se metió a la cama a dormir.

Era una noche lluviosa de viernes, de aquellas en las que uno duerme mejor abrazado con otro. Pero para él era idealmente perfecto, total “si de algo debo morir, prefiero que sea de soledad.”

04 enero 2011

baila bailarina


Frágil bailarina
despiertas día a día sintiendo que el mundo se podría venir encima
que no has vividos la vida,
que no has visto nada fuera de lo que se ve tras bambalinas
pero… ¿Acaso no era esto lo que querías?

Tranquila, respira.
Nadie ve tu piel pálida por falta de energía,
que las luces te encandilan ni que apenas has comido en 6 días.
Resiste en tus puntas y repite el grand jeté en tournant,
felicidades, este adagio ya se termina.

El público te alaba, el público te admira.
¿Por qué lloras cariño?
Mejor cámbiate y sonríe,
maquilla tu tristeza que la función sigue.
A nadie le importa que duela, que el cansancio te domina.

El telón cae, ha sido un éxito.
Lo lograste bonita, eres la primera bailarina.
Ahora ve a casa, vomita, ejercita
trabaja duro es el precio a pagar por querer ser
frágil bailarina.

02 enero 2011

Magia


- ¿Disculpa?
- ¿Me hablas a mi?
- Mira…no quiero parecer desubicado ni nada, pero creo que te he visto ya muchas veces por aquí.
- ¿Aquí bajo este mismo árbol?

Sí, ella estaba siempre bajo aquel cerezo del lado del parque. Esa tarde en particular era un jueves, lo recuerdo. Llovía un poco y ella sólo usaba un abrigo.

-¿Te ofrezco un rato mi paraguas? Me parece que llevas ya mucho rato sin nada más que cubrirte.

No hizo caso a mi gesto y sólo miraba hacia arriba ilusionada.

-¿No te recuerda esto a cuando eras pequeño? ¿Nunca esperaste con ansias a que finalmente empezara a llover? Yo sí. Pegaba mi nariz al vidrio de la ventana apenas veía que el cielo se empezaba a tornar gris, cuando ya quedaba poco soplaba, soplaba muy fuerte empujando a las nubes a que se apoderaran de todo y ya cuando caían las primeras gotas, corría hacia afuera y saltaba y bailaba, es agradable cuando no te importa nada.

Mientas hablaba no pude evitar observarla con detalles: tenía rasgos comunes, nariz algo respingada, rizos oscuros, unas cuantas pecas y sin embargo había algo de ella que me llamaba, algo interno, algo que irradiaba.

- ¿Entonces esperas a alguien?
- La espera es algo relativo, no por estar quieta espero ni tampoco por estar siempre moviéndome no lo hago. Esperar es más bien como estar atenta porque si me siento me quedo dormida y quizás aquello que espero pase y yo no lo vea y a la vez en constante ajetreo quizás lo pase por alto, por tanto hay que estar alerta. Bueno, igual es relativo… ¿no?

Sinceramente me había perdido en todo lo que decía, hablaba apresurada, tenía un aire como entre distraído y alucinado, como la de un niño descubriendo los secretos de una chocolatería.
Me sentía raro, sorprendido y a la vez asustado, percibía una cierta energía de parte de ella, como muchos colores, llenándome de calor, abrazándome. Volver a escucharla sacudió de golpe todo este fluir de pensamientos, estaba realmente embobado.

-¿Crees en la magia?
-¿No crees que ya somos grandes para estar hablando de sapos, brujas y hechizos?
- Te hablo de la verdadera magia, de aquellas cosas que sin querer haces porque tienes el poder para…como yo cuando soplaba las nubes y hacía que empezara la lluvia. Como aquella niña, mírala la de sombrero azul: lleva mucho rato pasando granos de arena de una mano a la otra, hace magia, los convierte en hadas, capullos de rosa y mariposas. ¿Acaso no lo ves?

Ahora ya me empezaba a preocupar, quizás era locura, quizás era mejor salir de ahí.

- Sabes, en realidad creo que me tengo…
- La magia hace por un segundo podamos volver a nuestro pasado, a aquello que mas recuerdas y mezclarlo con lo que deseamos, con lo que no tenemos o quizás si pero olvidamos o con lo que soñamos tener o aquello que siempre se nos fue negado. La magia y un poco de imaginación te llevan allá donde la realidad no te deja ir, rompe tus ataduras y esfuma tus prejuicios. Inténtalo, sólo mira a tu alrededor.

Por vez primera fijo sus ojos en los míos y esa chispa suya se apodero por completo de mi, la sentía corriendo por mis venas, trastornando todos mis sentidos y vi el cielo que se despejaba y una tormenta de estrellas fugaces se venía encima y la gente salía de sus casas y hacia un carnaval y todo el parque se llenaba de luces, de música y alegría y había una rueda, como aquellas de las películas y trapecistas y malabaristas y la niña que cambiaba arena en mariposas ahora volaba con ellas y nos sonreía y todos los cerezos dieron su flor y nosotros ella y yo nos besábamos mientras la multitud hacia rondas a nuestro alrededor y el aire se impregnaba con aroma a caramelo a algodones de azúcar y pop corn y recordé mi infancia cuando me llevaban de paseo y papá nunca me quiso comprar un algodón y ahora hasta las nubes eran de algodón y yo estiraba mi mano y podía alcanzarlas y comerlas y sentir como se deshacía en mi boca y ella sólo reía y de repente rodamos, rodamos cuesta abajo y llegamos a un rio y me tomo de la mano y saltamos y el agua era fría y cristalina y nos abrazamos y al oído me susurra: la verdadera magia esta en uno mismo, en creer que todo es posible. Para que limitarse a sólo levantar la mano y rozar el cielo si con un poco de magia puedes tocar el infinito.

Pestañee y todo había desaparecido, incluso ella.

Di vueltas alrededor del árbol para ver si la encontraba pero se había ido.

Además se había llevado mi paraguas consigo.
 

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A veces la vida nos tira al suelo, nos hace pedazos, nos hace pensar que no somos nada de nadie, de ninguno. Entonces abre tu Cajón de Cuentos y lee una historia, cree ser parte de ella y date cuenta que todo es posible, que la vida no es sueño que sólo falta un intento..y si caes debes levantarte, que siempre habrá una palabra ahí para ayudarte.

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C'est comme une aventure qui nous laisse sur nos fins