
Hace ya tanto tiempo que no tenía noticias de ella que le resultó extraño leer aquel mensaje que había llegado a su celular mientras se daba una ducha. Un escalofrío le recorrió la espalda mientras sentimientos encontrados, recuerdos, buenos y malos ratos formaban torbellinos en su cabeza. Odió que una simple palabra pudiese alterarlo tanto, que una no tan simple persona pudiese confundirlo tanto.
“¿Veámonos?” era todo lo que ella había escrito. Una pregunta, una cita, la decisión quedaba en sus manos. Abrumado salió a la terraza a fumar un cigarrillo y con sólo encenderlo volvió un par de años al pasado.
Era un lluvioso viernes por la noche. Las calles lucían abandonadas. Eran pocas las personas que habían desafiado el frío para beber una cerveza en algún antro o vagar por ahí en búsqueda de fiestas. “Almas solitarias – pensaba él – almas solitarias como yo que no tienen con quien acurrucarse bajo una frazada” Y al final es por eso que había salido en primera instancia: encontrar una mujer, invitarla unos tragos, quizás bailar, quizás no y besarse en un rincón, mejor no saber su nombre, llevarla a casa y anestesiar así el miedo y la soledad que vienen al caer la noche. Sin embargo había que aceptar que no era el mejor día. Ya con la lluvia calándolo hasta los huesos decidió que era mejor regresar, total “si de algo debo morir, prefiero que sea de soledad”.
Caminaba en búsqueda de un taxi cuando la vio. Una despampanante trigueña de ojos claros a quien se le notaba que llevaba varias horas, quizás días de trasnoche. Se refugiaba bajo el techo de un paradero, con un cigarrillo en la boca y buscando desesperada en su cartera. Ahí fue que él se le acercó y sin hablarle le tendió un encendedor. Ella levantó la mirada y en ese preciso instante él la leyó. Sintió su vulnerabilidad como si fuese la propia, vio su belleza más allá del rímel corrido y la ropa oscura. Sintió eso tan cursi que la gente llamaba “amor”.
Ella fue la primera en romper el hielo. Muchos taxis pasaron y ellos seguían ahí sentados, conversando, fumando, soñando despiertos. Ella era diferente a cualquier otra, superior a cualquier chica con la que alguna vez salió. Quizás por eso no quiso llevarla a su casa cuando pudo, no quería que se desvaneciera cuando empezara a salir el sol. Un poco tiempo después deseó con todas sus ganas que la historia hubiese sido así, sólo un ligue más en lugar de la tormentosa relación que nació esa noche.
Todo partió de forma maravillosa, utópica, casi irreal. Cada día se descubrían un poco más, se deseaban un poco más y de a poco se iban odiando un poco más, amando un poco más.
Ella detestaba como la vida a su lado se había vuelto rutinaria. Se sentía un ave enjaulada, carente de alas, de ganas de fluir.
Él detestaba su impuntualidad, que simplemente no llegara.
Discutían cada vez que podían, cada vez que se veían pero de una u otra manera terminaban amándose, dejándose atrapar en un abrazo fuerte bajo las sábanas.
Muchas veces ella se fue, ofuscada, llorando y maldiciendo sólo para volver en un par de horas y acurrucarse junto a él. Total “si de algo tengo que morir, no lo haré sola”
Él la amaba, se agotaba y la odiaba y la volvía a querer cuando al despertar la veía despeinada preparándose un café.
Ella lo amaba, se agotaba y lo odiaba y lo volvía a querer cuando lo escuchaba cantando en la terraza.
Llegó un punto en que la relación era insostenible, ya ni siquiera hacer el amor podía apaciguar las discusiones. Los dos finalmente comprendieron que estaban sólo por estar, pero sus almas hace rato que se habían distanciado. Ella figuraba lejos, en un puerto, tomando un barco a cualquier parte. Él ahí mismo, fumándose un cigarro y volviendo a la cama para no despertarse por muchas horas más.
Finalmente fue ella quien eligió partir. Salió tal cual estaba, en short y la camisa que él había usado el día anterior. No se llevó nada, no dijo nada.
Él jamás la volvió a mencionar, pero tampoco la pudo olvidar. Había sido lo mejor y lo peor de su vida. Le dedicó canciones, le escribió muchas cartas que no fue capaz de enviar. Sus cosas aún seguían en su casa, en una caja de embalaje bajo la cama. Algunas noches, después de muchas cervezas y poca razón solía sacar un vestido de ella y sólo dejarlo junto a él. Así en la mañana, aún con el sueño encima, podía imaginar, incluso esperar, a que ella estuviese en la cocina. Nunca fue, nunca volvió…
Hasta aquel día, él aspiro lo último de su cigarro y decidió que iría. Le envió un mensaje citándola: “okey, esta noche, donde siempre, a la hora de siempre”.
Pasó todo el resto del día vagando por su casa, nervioso. Ya iba en la tercera cajetilla cuando sacó aquella caja de debajo de la cama y sólo se quedo mirándola, hasta que se atrasó lo suficiente para salir.
Llegó al paradero donde se habían conocido. Se sorprendió de verla desde lo lejos, a la hora, bien vestida, con el ya típico cigarro. Bastó verla desde allí para que cada imagen mental de ella se esfumara, cada beso, cada llanto y cada recuerdo. Ni siquiera quedó como una más del montón, sólo…la olvidó, y es que necesitaba poder decir adiós.
Dio media vuelta y regreso a su casa, tiró la caja de cosas a la basura y se metió a la cama a dormir.
Era una noche lluviosa de viernes, de aquellas en las que uno duerme mejor abrazado con otro. Pero para él era idealmente perfecto, total “si de algo debo morir, prefiero que sea de soledad.”


